Oración a la Virgen de Guadalupe: Oraciones Tradicionales y su Significado

Por Qué Se Le Reza

En el Tepeyac, la Virgen de Guadalupe le dijo a Juan Diego algo que nadie le había dicho a un pueblo entero con tanta claridad: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás acaso bajo mi sombra y amparo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?

Esa promesa no fue solo para Juan Diego. Fue para todos los que se acercan a ella. La oración a la Virgen de Guadalupe es la respuesta del alma a esa invitación: la Madre que vino a buscar a sus hijos espera que sus hijos vengan a ella.

Rezarle no requiere palabras perfectas ni una hora del día determinada. Requiere confianza. Ella lo dijo claramente: viene a mostrar y dar todo su amor, su compasión, su socorro y su defensa a los que la buscan.

La Oración de San Juan Pablo II

San Juan Pablo II visitó la Basílica de Guadalupe cuatro veces durante su pontificado. Esta es la oración que ofreció ante la tilma de Juan Diego, y que la Iglesia ha recibido como una de las más bellas dedicadas a Nuestra Señora de Guadalupe:

¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia! Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.

Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a ti, que sales al encuentro de nosotros los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.

Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra.

Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa.

Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, te pedimos por todos los obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.

Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios.

Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.

Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa. Amén.

Una Oración Tradicional Guadalupana

Esta oración ha acompañado a los fieles durante generaciones, rezada en hogares, en la novena de diciembre y en los momentos de mayor necesidad:

¡Oh Santísima Señora de Guadalupe! Esa corona con que ciñes tus sagradas sienes publica que eres Reina del Universo. Lo eres, Señora, pues como Hija, como Madre y como Esposa del Altísimo tienes absoluto poder y justísimo derecho sobre todas las criaturas.

Siendo esto así, yo también soy tuyo. Quiero ser tuyo por elección de mi voluntad. Dispón de mí como te agrade; los sucesos y lances de mi vida quiero que todos corran por tu cuenta. Confío en tu benignidad que todos se enderezarán al bien de mi alma y honra y gloria de aquel Señor que tanto complace al mundo. Amén.

Un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.

Una Oración Sencilla para Cada Día

No todas las oraciones necesitan ser largas. Esta puede rezarse en cualquier momento, al mirar su imagen, al iniciar el día o al llegar a casa:

Virgen de Guadalupe, Madre mía, aquí estoy. Sabes lo que necesito mejor de lo que yo mismo lo sé. Ponlo en manos de tu Hijo. No me sueltes de tu mano. Amén.

Cómo Rezar con Fe

La Virgen de Guadalupe no pidió que Juan Diego llegara a ella con elocuencia. Le pidió que confiara. Esa misma confianza es lo que hace eficaz cualquier oración dirigida a ella.

Buscar un momento de quietud, colocarse ante su imagen si es posible, y hablarle como se le habla a una madre: eso es todo lo que se necesita. Las oraciones escritas ayudan a dar forma a lo que el corazón siente pero no sabe articular. Las palabras propias, sin embargo, llegan igual de lejos.

Ella prometió escuchar el llanto y la tristeza de los que la buscan. Esa promesa sigue en pie casi cinco siglos después.

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